EN DINAMARCA NO HAY RESTRICCIONES CONTRA EL COVID 19. Puedes viajar sin cubrebocas

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Copenhague,18 de septiembre 2021/ PERIÓDICO EL PAÍS/

Aterrizar en Copenhague se asemeja a un viaje al futuro. O al pasado. A un tiempo en el que un coronavirus respiratorio no anda propagándose y condicionando la vida de la gente. Y no es que haya dejado de circular: lo hace, con una incidencia prácticamente calcada a la española. Pero, desde el 10 de septiembre, la covid ya no es oficialmente “una amenaza crítica para la sociedad”. Una afirmación que solo se puede tomar como provisional en medio de una pandemia repleta de giros de guion y con el mundo en desarrollo sin apenas acceso a las vacunas. Gracias a ellas, los daneses llevan una semana sin restricciones, una realidad que ya asoma por los países ricos, a distintas velocidades y con vicisitudes locales específicas después de un año y medio que ha transformado muchas facetas de la vida. Lo que se ha dado en llamar “nueva normalidad”, si Dinamarca sirve de referencia, es casi indistinguible de la antigua.

Dinamarca se ha convertido así en pionero en la Unión Europea en poner en práctica algo que más tarde o más temprano tendrán que hacer el resto de los países: convivir con el virus. Una vez que su primera ministra, Mette Frederiksen, dio por “controlada” la epidemia en el país, ahora toca tratar la covid como una enfermedad más, aunque su Gobierno insiste en que está preparado para dar pasos atrás si la curva de contagios se descontrola.

Para este avance, el país escandinavo lo ha fiado todo a las vacunas. Aproximadamente un 75% de su población tiene la pauta completa, una cifra que está ligeramente por debajo de la de España (75,4%, según los datos publicados por el Ministerio de Sanidad este viernes). La probabilidad de enfermar gravemente ha caído en picado y se considera poco probable que el SARS-CoV-2 vuelva a poner en aprietos al sistema sanitario, siempre que una nueva variante no cambie las reglas del juego.

Pero el virus no va a desaparecer. Ya nadie lo duda. El propio Fernando Simón, que ha liderado la respuesta a la covid en España, dijo la semana pasada en un congreso de epidemiólogos que hay que comenzar a “normalizar la enfermedad”. En algún momento la pandemia será lo que los expertos denominan una endemia, como puede ser la gripe; aunque no todos tienen tan claro como los daneses que ese punto ya haya llegado. Entre otras cosas, porque pocos países del mundo, incluso el desarrollado, tienen unas tasas de vacunación tan altas. En Alemania, donde la pauta completa está en un 62%, el virólogo Christian Drosten, asesor del Gobierno y una de las voces más respetadas en su campo, dijo a principios de este mes que la convivencia con el virus, al estilo danés, no podría llegar este otoño: “La pérdida de vidas sería demasiado alta”. Italia, Francia o Reino Unido tienen unas tasas de vacunación más parecidas a las alemanas (por debajo del 65%) que a la danesa y española. Y otros, como Estados Unidos o Japón, están muy por debajo: en el entorno del 53%.

Para llegar a la endemia, Drosten no solo cree necesario que más población se vacune, sino que las inyecciones se vayan combinando con la inmunidad adquirida por el contacto de la enfermedad. Se trata de proteger a los más vulnerables con las dosis que la evidencia muestre que son necesarias, de forma que la letalidad baje, al mismo tiempo que sigue circulando y adaptando a los sistemas inmunitarios a convivir con él. Probablemente, otros coronavirus que hoy no causan mayores problemas (como el del resfriado) fueron en su día una pandemia agresiva, solo que entonces no había vacunas para amortiguar el golpe.

A simple vista, hoy lo único que evidencia que una pandemia ha pasado por Copenhague son geles hidroalcohólicos por doquier y carteles con medidas ya desfasadas en algunos comercios y en el transporte público. El aeropuerto (además de la sede de la Iglesia de la Cienciología) es el único lugar donde sigue siendo obligatorio llevar mascarilla; al menos para los pasajeros, la mayoría de los trabajadores no la usan. Al aterrizar también se mantienen los controles. En teoría. La supervisión es, cuanto menos, laxa: se limita a preguntar a los viajeros, mientras caminan a por su equipaje, si están vacunados. Ni siquiera obligan siempre a enseñar el certificado covid que lo acredita. Si se responde que no, hay que pasar un test de antígenos en el propio recinto.

Fuera del aeropuerto, el coronavirus parece un recuerdo. Se puede pasar un día entero vagando por la ciudad sin ver una sola mascarilla: casi impensable en exteriores, sumamente infrecuente a cubierto; en los restaurantes más populares se come codo con codo con el desconocido de la mesa contigua; hay macroconciertos y festivales que reúnen a miles de personas que bailan como si fuera 2019; los bares y las discotecas han reabierto sin limitaciones horarias, de aforo y sin solicitar el corona passport, un documento acreditativo de haber sido vacunado o sometido a un test reciente que ha estado muy presente en Dinamarca en los últimos meses. “Ya podemos hacer vida con normalidad, y eso incluye salir de fiesta. A nadie le importa ya mucho el coronavirus”, dice Erik, un joven de 18 años que ha salido a fumar un cigarrillo a la puerta de The Drunken Flamingo (El flamenco borracho), un bar de copas del centro de la capital

En la sociedad danesa reina el consenso de que era el momento de dar el paso. “Aquí son muy disciplinados. Cuando el Gobierno dictaba una norma, todo el mundo la cumplía, y ahora confían en que si dicen que ya se puede hacer vida normal es porque no hay peligro”, explica Marta Pastur, una española de 25 años que estuvo de vacaciones en agosto en su tierra, Asturias, y le pareció “otro mundo”, por la diferencia de restricciones entre uno y otro sitio.

Con un porcentaje de la población completamente vacunada ligeramente inferior a España y una incidencia acumulada muy similar (según datos de Our World in Data, un repositorio de la Universidad de Oxford), es tentador pensar que Dinamarca puede servir de experimento y que, de salir bien, pronto podrán seguirse sus pasos. Pero las comparaciones internacionales para medir las restricciones frente al virus siempre han sido espinosas. Con algo menos de vacunación (65%) y también sin apenas limitaciones, el virus circula con mucha más fuerza en Reino Unido, donde la incidencia acumulada supera los 700 casos por 100.000 habitantes en 14 días, siete veces más que España o Dinamarca. En Israel, en su día ejemplo de vacunación (hoy con apenas un 63% de la población con pauta completa), llevan semanas por encima de los 1.000, según la misma fuente.

Más allá de los casos y las vacunaciones, hay muchas diferencias entre Dinamarca y otros países del mundo, incluida España, que incluyen su tamaño (tiene 5,8 millones de habitantes, menos que la comunidad de Madrid), la densidad de sus ciudades (la capital tiene la misma población que Zaragoza) y su propio carácter. Cuando eliminaron la distancia obligatoria de seguridad de dos metros circulaba un chiste, sobre todo entre la comunidad inmigrante: “Por fin podrán volver a los cinco metros de costumbre”.

La presión asistencial también es distinta. La última ola ha sido mucho más suave que la española, quizás por su decisión de vacunar a los jóvenes justo después de los vulnerables. El pasado viernes en los hospitales solo quedaban 116 ingresados, 18 de los cuales estaban en cuidados intensivos. Si se compara con España, ajustado a la población de cada país, estas cifras son unas cinco veces menos.

La respuesta danesa a la pandemia ha sido muy distinta a la española y su afección, también. Su ola más agresiva llegó el pasado invierno, después de cerrar a cal y canto el país en la primavera de 2020 y lograr retrasar la entrada del virus. Con cierres de actividad intermitentes en función de la incidencia, siempre se ha podido salir a la calle, el uso de mascarillas nunca ha sido obligatorio al aire libre y solo en momentos concretos en interiores. El último lugar que quedaba era el transporte público, hasta el pasado 22 de agosto. “Pero solo si estabas de pie, sentado tampoco tenías por qué llevarla, así que a efectos prácticos, mucha gente no se la ponía”, relata Pastur, que regenta una academia de español para niños en Copenhague que opera “con total normalidad”, así como el colegio donde acude a impartir clases.

Søren Riis Paludan, del departamento de Biomedicina de la Universidad de Aarhus, explica que las mascarillas nunca han sido parte fundamental de la estrategia danesa: “Tienen un efecto, pero no grande. Más del 80% de las transmisiones se producen entre contactos estrechos. No hemos observado grandes consecuencias, ni cuando se han implantado ni cuando se ha abandonado su uso, así que los daneses están encantados con no tener que llevarlas. Lo que está haciendo Dinamarca es buscar una forma de convivir con la covid-19, que es el futuro, nos guste o no”.

Ese será el futuro, pero no está claro cuándo llegará a todo el mundo. La Organización Mundial de la Salud se ha propuesto alcanzar un 40% de vacunados en todos los países antes de final de año. Hasta el momento, todas las previsiones en este sentido han pecado de optimistas. Mientras algunos países ricos no saben cómo aumentar las tasas de vacunación y recurren incluso a la obligación (para todos los trabajadores en Italia, para los sanitarios en Francia), apenas un 2% de la población de los países de bajos ingresos han recibido al menos una dosis. Otros, como Israel o Reino Unido ya están ofreciendo terceras dosis a los mayores de 50, pese a que no está todavía clara su utilidad.

Y, en el horizonte, el riesgo de que el virus mute y las vacunas pierdan efectividad, lo que no nos llevaría a la casilla de salida, pero obligaría a volver a limitaciones más severas. La mayoría de los expertos consultados no lo ven altamente probable, pero sí posible. No hay que descartarlo.

En ello insisten los daneses. Si hay que volver a limitar la vida social, se hará. Pero el consenso social en el abandono de las restricciones también se traslada, en líneas generales, al ámbito científico. “Hemos conseguido desplegar de forma muy efectiva las vacunas y proteger a los más vulnerables. Por el momento, la amenaza a la salud pública es mínima y sería desproporcionado mantener restricciones, que también son muy negativas para la sociedad. Esto no quiere decir que nunca tengamos que volver a usar medidas, si son necesarias”, reflexiona Jens Lundgren, profesor y especialista en enfermedades infecciosas del Hospital Universitario de Copenhague.

Como contrapartida a unas medidas aparentemente más laxas que las españolas, Dinamarca ha centrado su estrategia en las pruebas. Prácticamente en cada barrio hay un centro de test, que son gratuitos. Esto permitió imponer el corona passport, que se exigía a la entrada a los lugares de ocio (ya no). El país ha hecho más de 82 millones de pruebas, más de 20 millones más que España con ocho veces menos población. Si cada español se ha hecho desde el principio de la pandemia poco más de una prueba, como promedio, en Dinamarca la media es de 14 por ciudadano. “Si vas a quedar con gente el fin de semana te la haces, incluso en algunas empresas hacían cribado a todo el que quería para controlar la situación”, cuenta Sheree, que trabaja en una tienda de Souvenirs en Strøget, la calle comercial de Copenhague.

Entre las marcas menos visibles de la pandemia, en Dinamarca queda mucho teletrabajo, cuenta Einar, empleada de una multinacional que cerró sus oficinas y no ha vuelto a abrirlas. “Aquí siempre ha habido bastante flexibilidad con eso, pero ahora somos muchos los que ya no vamos a la oficina. Es algo más solitario, pero tiene también muchas ventajas”, asegura.