EL FALSO DEBER DE AMAR A LOS PADRES.No es una obligación si ellos criaron bajo el yugo del maltrato y abuso

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ENERO 2021/

Berna IskandarColaboradora
22 de diciembre de 2020

La psicóloga española Olga Pujadas experta en terapia psicodinámica, basada en su experiencia terapéutica, cierta vez advertía en sus redes sociales (palabras más, palabras menos): “Sé de madres que juegan a hacerse las muertas para que sus hijos se asusten y las quieran… madres que amenazan con matarse si sus hijos no se portan bien… madres que enloquecidas gritan mientras blanden cuchillos o tijeras a pocos centímetros de sus pequeñas gargantas… padres que miran iracundos a sus hijos amenazándolos con sus gigantescos puños… padres que se burlan sádicamente de sus hijos y que ahora incluso lo suben a las redes sociales… algunos padres que amenazan a sus hijos, desde muy pequeños, con matarlos si salen (prostitutas o gays)… padres que gritan, pelean, se reprochan, se insultan, se golpean ante la mirada aterrorizada de unos pobres niños…”. Sin contar con los padres y madres que dejan a sus hijos llorar solos para no malcriarlos, les dan palizas para disciplinar, los dejan sin comer o amarran para que dejen de molestar, abusan sexualmente o permiten el abuso sexual… Exigirle a una persona que ame a su padre o a su madre por encima de cualquier cosa, es contra natura.

Los límites circulan en dos direcciones. Los hijos también tenemos el derecho y el deber de poner límites a los padres. No estamos en la obligación de amar a nuestros progenitores cuando nos han maltratado y abusado repetitivamente. No deberíamos sentirnos como si fuéramos criminales porque no los amamos o porque no surge en nosotros el perdón genuino hacia nuestros progenitores.

Una cosa es llegar a comprender que nuestros padres también han tenido infancias difíciles, reconocer que quizás han hecho lo mejor que han podido, y sobre esa comprensión encontrar formas o territorios para establecer una relación más sana si fuera posible, o alejarnos si fuera necesario, pero en ningún caso puede decretase que debemos amarlos y perdonarlos por dogma, por obligación moral o terapéutica como requisito para recuperarnos de la herida infantil.

Lo más importante es hacernos conscientes de esa herida en su justa dimensión desde nuestra vivencia como niño o niña, que nadie nombró ni validó. La falta de capacidad de reconocimiento subjetivo de los abusos en la propia infancia se ceba con el mandato social, religioso o “terapéutico” de lealtad incondicional hacia los progenitores.