A 80 AÑOS DE LA EXPROPIACION PETROLERA

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A 80 años, el sueño cardenista está muerto

El legado histórico con que Lázaro Cárdenas afianzó la dignidad y la soberanía nacional es cosa del pasado.

La conmemoración del 80 aniversario de la expropiación petrolera no será una celebración; será un obituario.

EDUARDO BAUTISTA-EL FINANCIERO- 18 MARZO 2019

Las exequias suntuosas —dijo Eurípides— solo sirven para satisfacer la vanidad de los vivos. Hoy, el gobierno de Enrique Peña Nieto conmemorará en la Torre de Pemex el 80 aniversario de un cadáver: la industria petrolera mexicana.

Expertos consultados por El Financiero coinciden en que no hay nada que celebrar a ocho décadas de la expropiación petrolera. “No será una celebración, será un obituario”, asegura el historiador Lorenzo Meyer.

Por donde quiera que se le mire, señalan los especialistas, el petróleo mexicano es un cuerpo sin vida, asesinado por varios verdugos: la corrupción de Pemex, la reforma energética, la caída de los precios internacionales y el auge de las energías renovables.

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“El petróleo forma parte de la mística nacionalista de nuestro país. Los libros de texto nos enseñaron el discurso patriótico a través de la imagen de Lázaro Cárdenas, pero debemos entender que el petróleo ya no tiene el mismo valor económico ni cultural del siglo pasado”, explica el académico del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM Rafael Loyola Díaz.

¿POR QUÉ DUELE TANTO?

El 18 de marzo de 1938 fue una de las fechas fundamentales en la historia de México por una razón muy sencilla: ese día se consolidó el nacionalismo, considera el historiador Ricardo Pérez Montfort, quien acaba de publicar el primer tomo del libro Lázaro Cárdenas. Un mexicano del siglo XX (Debate).

La expropiación petrolera —explica— culminó una parte del proyecto revolucionario y consolidó las aspiraciones de la Constitución de 1917. El nacionalismo económico consistió, entre otras cosas, en que los recursos del subsuelo fueran para la nación y no para capitales extranjeros, agrega. Hoy, los recursos energéticos del país se licitan a empresas como Exxon o Shell.

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“El petróleo siempre ha sido un tema delicado en México. Para muchos mexicanos abrir o no abrir el sector energético a la inversión privada es mucho más que una decisión práctica: es un dilema existencial, como si permitirla significara perder el alma de la nación”, escribió el historiador Enrique Krauze en un artículo publicado en El País el 13 de diciembre de 2013, siete días antes de que se promulgara la reforma energética.

Cuando Enrique Peña Nieto anunció la reforma, el descontento popular afloró en las redes sociales. Loyola atribuye esta sensibilidad del mexicano hacia el tema petrolero a la liturgia nacionalista que, durante décadas, llevaron a cabo los gobiernos priistas para conmemorar el 18 de marzo como un parteaguas en la historia del país. “Durante mucho tiempo el petróleo brindó seguridad económica y política a este país; hoy esa estabilidad es cosa del pasado”.

Desde entonces —escribe Krauze— en libros de texto, ceremonias y monumentos se ha conmemorado la acción de Cárdenas como una restauración de la dignidad nacional. Y lo fue, en muchos sentidos. Con esos antecedentes, se entiende por qué para muchos mexicanos la reforma energética parece representar un pecado contra la historia.

El petróleo forma parte de la mística nacionalista de nuestro país. Los libros de texto nos enseñaron el discurso patriótico a través de la imagen de Lázaro Cárdenas, pero debemos entender que el petróleo ya no tiene el mismo valor económico ni cultural del siglo pasado
Rafael Loyola DíazInvestigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM

LUCHA HISTÓRICA

Meyer explica que, desde el Porfiriato, las autoridades no tenían idea de la riqueza que había en el subsuelo. Un grupo de empresarios estadounidenses supuso con razón que, igual que en Texas, las fosas petroleras se extendían por todo México. Fue entonces cuando Porfirio Díaz entendió que podía utilizar el petróleo como combustible para sus ferrocarriles, y así ya no tendría que importar carbón. Para que esto fuera posible, el Congreso derogó una ley que provenía desde la Colonia, la cual indicaba que el petróleo era propiedad del gobierno (primero fue del Rey de España y luego de la autoridad mexicana en turno). Se proclamó que el petróleo fuera propiedad de quien tuviera la superficie y así fue como comenzó la explotación de las fosas por parte de empresas estadounidenses, canadienses, inglesas, holandesas y danesas.

Cárdenas fue el primer gobernante que comprendió la importancia de la soberanía nacional en el control de los recursos petroleros, sostiene Meyer. Toda la riqueza que Díaz dejó en manos de los extranjeros —señala— se recuperó en 1938. Sin embargo, de toda aquella gesta heroica no queda más que el recuerdo. “Se destruyó a Pemex desde el gobierno y se hizo a propósito por dos vías: la ordeña desde Hacienda y la corrupción. No sé dónde quedó el nacionalismo con esta debilidad gubernamental ante el TLCAN y Donald Trump”.

El gran valor de Cárdenas, apunta Loyola, consistió en haber enfrentado a las compañías extranjeras a pocos años de que México saliera de una Revolución. Tomar una decisión de esa magnitud, dice, no hubiera sido posible sin mover las cuerdas del nacionalismo. Eso explica por qué la expropiación tuvo una gran convocatoria social. El apoyo fue tal que las familias ricas regalaron sus joyas y la gente pobre regaló sus gallinas para que el gobierno pudiera pagar su deuda a las empresas foráneas.

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FALTAN HOMBRES COMO EL TATA

Desde Cárdenas, ningún otro presidente ha tenido un sobrenombre tan cariñoso. Los campesinos lo llamaron Tata por su sensibilidad ante la pobreza del México rural que dejó la Revolución.

Los historiadores lo reconocen por haber concretado las aspiraciones del zapatismo, al conseguir el mayor reparto agrario en la historia del país. Bajo el lema “México para los mexicanos” fundó organismos que pretendieron integrar culturalmente la noción de lo mexicano: el Instituto Nacional Indigenista, el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

“Quizás la mayor enseñanza del cardenismo sea la de entender qué es el servicio público. Los gobiernos posteriores desdeñaron el bien colectivo en favor del beneficio propio. Debemos recuperar la dignidad en términos políticos e incorporar una inteligencia común para el bienestar colectivo. A nivel social, el cardenismo es uno de los grandes proyectos que ha olvidado este país”, señala Pérez Montfort.

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