ADIOS A JOSÉ JOSÉ,YA DESCANSA EN EL PATEÓN FRANCÉS.Junto a su madre

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CIUDAD DE MÉXICO,09 OCTUBRE 2019/EL FINANCIERO-

La madrugada del 16 de marzo de 1970, José Rómulo Sosa Ortiz bebió ron como pirata. Con coca y sin hielo, por eso de que se le fuera a cerrar la garganta. Horas antes, había sido ovacionado en el Teatro Ferrocarrilero por su soberbia interpretación de El Triste. La gente ya comenzaba a llamarlo José José.Resultado de imagen para ADIOS A JOSE JOSE

Pero había un motivo más para festejar: México estaba a semanas de recibir, por primera vez, el Mundial de Futbol. Por fin la Gran Tenochtitlán sería el centro del mundo. Por fin las clases medias —esas hijas del Milagro Mexicano— darían la bienvenida a la modernidad prometida. Y, de paso, identificarían en ese galante veinteañero de Azcapotzalco al héroe de sus virtudes y defectos.

De acuerdo con expertos consultados por El Financiero, José José se consolidó a la par de la clase media mexicana. Fue el maestro de la educación sentimental de un país que quiso sacudirse el sombrero para saludar al smoking; el gurú de un pueblo hastiado de cantinas y pulquerías pero ávido de bares y clubes nocturnos. La Ciudad de México ya no necesitaba ídolos en un carnicero (Javier Solís), un tendero campesino (José Alfredo Jiménez) o un carpintero (Pedro Infante); sí en un muchacho elocuente, delicado y avezado en el arte del bel canto y la bossa nova.

«José José es el reflejo de la década de los 70. La educación sentimental de sus canciones va más allá de la ranchera dolida de José Alfredo. Su música planteó una mayor sensibilidad que permeó, sobre todo, en las clases medias burócratas, empleadas y hasta universitarias, alejadas de los obreros y los campesinos», considera el periodista Fabrizio Mejía Madrid.

Y es que ‘El Príncipe de la Canción’ dio a la música popular mexicana un refinamiento sin precedentes, asegura el escritor Julio Patán.

«Fue el primer crooner mexicano», sostiene. «Se coló en las clases medias ilustradas. Fue la brillante culminación de las diferentes vertientes de la música mexicana, desde el bolero hasta la ópera, que es una de las fuentes de las que él abrevó (su padre fue tenor)».

La Academia Latina de la Grabación lo definió en 2005 como el hombre que le dio a la música popular latinoamericana un toque de elegancia inimaginable. Inspirado por el jazz y la bossa nova —señaló— su inconfundible estilo, sutil y volcánico al mismo tiempo, dejó una huella imborrable: «José José tiene voz de poeta».

«José José es lastimero, se da la oportunidad de sentir. Es un ídolo de cubas y jaiboles. Forma parte del bagaje cultural de la clase media mexicana. ¿Acaso hay una fiesta en la que se no escuchen sus canciones? Su historia de vida es trágica. Como buen mexicano, no supo entender el éxito cuando le llegó de sopetón. Es el típico caso de ídolos como el ‘Púas Olivares'», afirma el monero Trino.

Heráclito escribió: difícil es luchar contra el deseo; lo que quiere, lo compra con el alma. José José fue un hedonista puro. Pese a haber vendido más de 120 millones de discos y mantenerse 40 semanas en las listas de Billboard, durmió en coches abandonados en la colonia Clavería y perdió todo. Su final fue trágico. Desde muy joven, perdió lo que lo encumbró: su voz.

Épicamente, coinciden los entrevistados, José José es un héroe. Según Patán, su vida demuestra la proclividad del mexicano hacia el melodrama. ‘El Príncipe’, dice, es la imagen del ídolo caído: el hombre que se abrió paso por esfuerzo propio, tocó el cielo y luego se cayó.

«José José ya no refleja la cantina de Jorge Negrete, sino el bar, el restaurante, la sobremesa que dura tres veces más que la comida. Es el México que emerge del 68. Un país de Zona Rosa y de sana relajación del cuerpo y el lenguaje. En realidad, José José es el empelado borracho de clase media que refleja Héctor Bonilla en el cine mexicano, donde la esposa siempre es Julissa o Blanca Guerra. Es el hombre que llega borracho porque se gastó el dinero de la quincena, pero la mujer ya no lo tolera y comienzan los problemas maritales. Ya no es el macho del diazordacismo. Es el macho que también puede tener sus devaneos homosexuales (Gavilán o Paloma) y que resiste, a punta de lágrimas, los embates de la mujer», concluye Mejía Madrid.

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